El señor Ortiz. Pablo Correa
El señor Ortiz
Pablo Correa
La noche anterior llovió y el señor Ortiz camina rápidamente por la vereda mojada. El sol ilumina la mañana y el frío invernal que castiga la ciudad lo obliga a ir con un sobretodo de paño gris cubriendo su impecable traje negro.
El apuro le hace sostener su sombrero con la mano izquierda, con la mano derecha empuñar fuertemente su maletín y dar grandes pasos. Lo que hace que al pisar una baldosa suelta, un chorro de agua sucia salte mojando su pierna derecha y parte del sobretodo.
El señor Ortiz quedó congelado por la sorpresa, su cara se puso roja de ira y un insulto se le atoro en la garganta. Cuando una anciana que le sonreía amablemente dice: -¿Azulejo ruleman apio?- a lo que responde sin soltar su maletín, su sombrero y su enojo -¡Estoy bien! estoy bien, gracias- y reanudo su camino trotando.
El señor Ortiz entró al banco y el guardia de seguridad lo saluda -Azulejo ruleman apio - mientras se toca la visera de su gorro de manera amigable. El señor Ortiz le devuelve el saludo con un gesto al pasar y cruza el hall con piso de mármol pulido dejando una pequeña marca de barro. Los candelabros antiguos iluminan su profanación mientras apuraba los últimos pasos para alcanzar el ascensor recubierto de caoba pulida. La ascensorista le pregunta al señor Ortiz -¿Azulejo? - pero este mira su pierna mojada, el sobretodo y el reloj mientras lanza un bufido. Desde el fondo del ascensor una señorita responde - Ruleman - y la puerta se cierra para empezar a subir.
Llega a la oficina que comparte con otros veinte contadores. Deja su sombrero y su sobretodo en un perchero del lado derecho de la puerta. Apoya su maletín en el escritorio cuando de la nada aparece García -¡Azulejo ruleman apio! Azulejo - grita divertido y le palmea la espalda -¿Azulejo? Ruleman ¿Apio?- Garcia mira la cara confundida de su compañero de trabajo y vuelve a sentarse en su escritorio. Mira como a su alrededor sus compañeros cuchichean entre sí -Azulejo ruleman apio- y asienten. Otros contestan el teléfono-¿Azulejo?- o -¿Ruleman?- una secretaria le entrega una carpeta y mientras le sonríe le dice - Apio- y se va a dejar otra carpeta a otro escritorio. El señor Ortiz dirige una sonrisa nerviosa a sus compañeros, se levanta lentamente de su silla y comienza a caminar cada vez más rápido hacia el baño.
Se lava la cara frente al espejo, se mira la lengua detenidamente mientras busca algún color extraño, se abre los párpados con los dedos para buscar algo dentro de sus ojos y examina con el meñique sus oídos. Inhala hasta que el olor a lavandina y amoniaco lo marean un poco y exhala lentamente contando desde el diez de manera regresiva. Se afloja la corbata y enciende un cigarrillo para aplacar sus nervios. Mientras exhala el humo, oye la canilla gotear sobre el lavamanos y mira el cielo azul por el tragaluz, ingresa un compañero de trabajo al baño. No hablan, entra en uno de los inodoros y cierra la puerta. El señor Ortiz apoya su espalda contra la pared, ya está todo en calma, aquello debió haber sido el cansancio, presión acumulada o vaya a saber Dios que… Ya todo pasó, fue un ataque de nervios. Termina su cigarrillo, se mira al espejo, se acomoda la corbata, va cruzar la puerta para volver al trabajo cuando desde el inodoro escucha que gritan -¿¡Azulejo ruleman apio!?- y se extiende una mano con la palma hacía arriba por debajo de la puerta. El señor Ortiz lanza un alarido desesperado para salir corriendo ciegamente hacia la escalera y hasta la cornisa del décimo tercer piso.
Contempla las veredas aún mojadas por la lluvia de la noche anterior, mientras García estira la mano desde la ventana y le dice con tono tranquilizante -Azulejo ruleman apio - y la policía desde un megáfono grita ¡Azulejo ruleman apio! Y en los noticieros de las ocho repetirán: azulejo ruleman apio.
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