Ninguna rosa, ni jazmines, ni ningún crisantemos
Esa mañana se despertó mareada, la boca seca y la cabeza le latía como un bombo. Con los ojos pesados corrió las sábanas de seda, se sentó al borde de la cama y con un gracioso gesto extendió los brazos para que su criada la abrigará suavemente con una bata. Preparó su nariz para el aroma de las flores recién cortadas y sus oídos para la ametralladora de recomendaciones del ama de llaves. Pero… No había nadie. Ni criada, ni flores, ni ama de llaves. Bajo al comedor para desayunar, botellas de champaña arrumbadas por todos los rincones, el aire viciado y los ceniceros repletos de colillas. Ninguna de las mucamas había limpiado con precisión quirúrgica las tres plantas de la mansión. El cocinero no estaba preparando sus codornices glaseadas, el jardinero no dejó crisantemos recién cortados en los jarrones chinos y el chófer no la esperaba con el Mercedes Benz listo para salir a pasear. Fue entonces que salió al jardín y notó que no quedaba ninguna flor. Ni rosas, ni jazmines,...