Nunca hay que decir que el día viene tranquilo Pablo Correa
Nunca hay que decir que el día viene tranquilo
Pablo Correa
Cuando yo tuve mi primera guardia ¿Hace cuanto ya? Unos veinte, tal vez quince años. Había un jefe de residentes ¿Como se llamaba? ¡Ahí me acuerdo! Osorio. El doctor Osorio era un cabulero de primera. Ya sabes de lo que te hablo: la sal se pasa apoyada en la mesa, se entra con el pie derecho, tocarse el huevo derecho cada vez que se nombraba a… Mejor no lo digo no vaya a ser cosa. Bueno te contaba que el doctor Osorio era un caso para el loquero. Con decirte que casi mata a un gato negro que merodeaba por el parque del hospital.
En fin, te contaba.
El doctor Osorio tenía un montón de amuletos, estampitas y cosas así. Con decirte que tenía un prepucio cortado en la billetera, si escuchas bien, un prepucio que vaya a saber dios de donde lo saco, plastificado como si fuera un documento. Y un reloj, un reloj de oro. De todo lo que tenía para ahuyentar las desgracias, ese reloj era lo más importante para él. Lo tocaba cada dos segundos para asegurarse que lo tenía puesto.
Ahora imagínate, yo tenía unos… bueno… Tenía todo mi pelo. Llego todo nervioso la primera vez. Obvio que aquello era la colimba, todos los médicos cagandome a pedos. Correa para acá, Correa para allá ¿Qué pasa Correa? ¿No quiere ser médico? Los pacientes y sus familiares tampoco eran unas Carmelitas descalzas ¿Doctor cuando me atienden? ¡Yo pago mis impuestos que pagan su salario! ¿No podría atenderme un doctor de verdad? Etcétera, etcétera.
Ni medio minuto de paz.
En fin, la primera sonrisa amable de todo el día, la vieja Gertrudis, que era la jefa de las enfermeras. porque como te digo una cosa te digo la otra. Toda amable, tímida, con sus collares hippies y vestido de bambula que se asomaba por debajo del ambo.
Me pregunta —¿Cómo viene tu primer día?— con esa sonrisa falsa de vieja arpía, no va que le contesto como un imbécil —Bien, tranquilo— ¿Para qué? atrás mío estaba el doctor Osorio. Se da vuelta y sale riendose la vieja.
Ahora, Yo no sé si es como dice Jung, de la sincronicidad y todo eso. O qué simplemente mis palabras empujaron al colectivero del 113 a tratar de pasar con la barrera bajá o simplemente fue casualidad. Pero el hecho fue que no terminaba de gritarme el doctor Osorio cuando empezaron a llegar una cantidad enorme de ambulancias. Al parecer el colectivo no llegó a cruzar antes que el tren.
¡Hasta salió en el noticiero y todo! Imaginate el clima en la guardia, todos corriendo, gente empujándose y heridos del accidente llegando por todos lados. Una zona de guerra. Y por supuesto cada tanto el doctor Osorio comentaba a los gritos —¡¿Cómo va el día Correa?!— o un alarido —¡Me tendría que haber ido hace unas cinco horas Correa!— cada vez que se cruzaba con un médico, un enfermero o cualquiera del personal del hospital le decía —Ya le agradeció a Correa por tener que quedarnos un rato más— Mientras tanto la sala de espera se llenaba de los familiares de los accidentados.
Cada minuto en la guardia era terrible, llegó un momento en el que claramente no podía respirar más. Salgo al jardín del hospital y se me acerca un gatito negro, me prendo un cigarillo, le empiezo a hacer unas caricias y entonces llega un momento de claridad, como cuando te encontras en el ojo de un huracán.
Me quedé un rato largo ahí sentado. El gato se había acomodado sobre mis zapatos como si me conociera de toda la vida. Desde la guardia seguían llegando los gritos, las sirenas, el ruido de las camillas. Pero desde el jardín parecía otro mundo.
En eso se abre de golpe la puerta y aparece el doctor Osorio desencajado —¡Correa! ¿Qué hace acá? ¡Lo estamos buscando!
Se queda duro en el espanto cuando ve al gato —Corralo... ¡Corralo de ahí!— El pobre bicho lo mira con una cara de sueño que daba lástima. Yo ni me moví. El gato siguió ronroneando como si el hospital entero no existiera.
El doctor Osorio dio un paso para espantarlo y, no sé cómo hizo, se le escapó el reloj. Ese reloj de oro que llevaba como si fuera el Santo Grial pegó contra el borde de un banco de cemento, el vidrio estalló en mil pedazos y se desarmó todo. El hombre quedó blanco. Lo levantó con las dos manos, como si sostuviera un pajarito muerto —La puta madre... —murmuró. Y salió en silencio, sin volver a mirarme.
Al rato entré otra vez a la guardia. Nadie dijo una palabra. Cada cual siguió haciendo lo que tenía que hacer. El accidente terminó como terminan esas cosas: unos se salvaron, otros no. Cuando por fin me fuí, ya empezaba a clarear un nuevo día.
Por eso el único consejo que te voy a darte es este y presta atención.
Nunca hay que decir que el día viene tranquilo. ¡Nunca! En especial cuando estás de guardia. Es como una maldición egipcia. Nunca la guardia está "tranquila", nunca "no hay nada para hacer", nunca el día viene "aburrido" y, sobre todo, nunca "es fácil", y jamás de los jamases "lo resuelvo en una patada". Y si por alguna razón la vieja conchuda de Gertrudis y te pregunta con esa sonrisa falsa ¿como viene tu primer día de guardia? le respondes con un seco “tirando” o “masomenos” o inclusive si queres un “ahí va” y salis rajando.
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