Don Gerundio Díaz

Don Gerundio Díaz 

Seguía sintiendo como si el fuego todavía le estuviera quemando la cara. En una pequeña colina, bajo la sombra de un ombú torcido, mateando, pensando, contemplando la llanura; Don Gerundio sostenía un pequeño papel con un telegrama “Nuestro hijo lo está buscando. M.”

Tocándose la mejilla izquierda recordaba que el incendio había sucedido una noche fría de invierno. Las barracas de madera eran especialmente frías. Entonces con los compañeros habían estado reclamando más carbón o más leña para calentarse. Esa misma noche el hijo del dueño, con cuatro amigos, prendió fuego la barraca donde dormía.

Miró su “seis luces", su alazán, el pequeño cajón de madera y devuelta el telegrama.
Se cebó un mate —Nuestro hijo…— dijo balbuceando. ¿Quién era M? ¿María? Puede ser, pero no estaría recordando cuando se volvieron tan cercanos. 

Miró de vuelta el alazán, el telegrama y el pequeño cajón de madera. Siguió tomando mate, fue recordando que se coló en la estancia sin que lo vieran. Aprovechando que toda la peonada se había juntado en la puerta exigiendo justicia, amenazando con linchar al patrón y al patroncito. Fue rápido hasta el mueble donde el escribiente guardaba el cajoncito de madera con sus elementos de trabajo. El lápiz, el cuaderno donde anotaba lo trabajado y la paga. Al ir recordando la paga, un sentimiento de injusticia le subía por la boca del estómago.

Miró el telegrama “Nuestro” decía. A María nunca la había perdonado, se habían prometido amor eterno bajo la sombra de este mismo árbol. Pero después llegaron a la estancia y el patrón se deslumbró de su belleza y la tomó como su criada. Se fue con la familia del patrón por más de un año. Después volvieron para la estancia con la esposa del patrón y su nuevo hijo. El mismo que muchos años después le dejaría esa horrible cicatriz.

Acariciando el alazán, tomó una garrafa de kerosene y roció el pequeño cajón de madera. Fue recordando los alaridos del patrón para zafarse:

—Siento el dolor de la peonada— dijo —Tanto para mí, como para los míos, siento que somos una gran familia y no les di más leña para calentarse porque temía un incendio. Yo soy como su padre y los considero a todos como mis hijos.

Mientras hablaba se fue acercando la milicada que cuidaba la estancia. Ya para ese entonces Don Gerundio había robado el alazán.

Miró el telegrama una vez más “Nuestro” decía. Al levantar la vista fue observando como una nube de polvo se acercaba. Era un automóvil, el único que había visto era el auto del hijo del patrón. Llevó la mano hacia su “seis luces” , abrió el tambor y comprobó que estaba cargado. “Nuestro hijo” decía el telegrama. Le estaba avisando que el patroncito estaba yendo por él.

El joven bajó con la escopeta en la mano pero Don Gerundio lo esperaba con su revólver apuntándole a la cabeza. -reconoce ese cajón de madera, era del escribiente, ahí anotaba lo trabajado y nos daba fichas. Fichas para un kilo de carne en la proveeduría de su familia, donde anotaban todo lo que le debíamos. Unas alpargatas son tres kilos de carne, unas bombachas cuatro y así. Nadie podía trabajar tanto para saldar la deuda con la proveeduría ¡Mírelo bien carajo!- y habiendo dicho, prendió fuego el cajón sin dejar de apuntarle.

El fuego consumió el cajón, las fichas de plomo, los pagarés, el cuaderno, el lápiz. Todo estaba ardiendo. 
En la colina con el ombú torcido, el sol se fue escuchando dos disparos. Un revólver y una escopeta.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Estamos entre ustedes Pablo Correa

Ya no Pablo Correa

El rastro del sueño Pablo Daniel Correa