Dios te mendiga

Dios te mendiga 

El capitán se colocó su brazo ortopédico, emprolijó su uniforme y saludo al doctor fraternalmente. Ambos bajaron de la fragata en algún puerto de Sumatra. Los estibadores hacian equilibrio sobre los reflejos del sol sobre el agua mientras cargaban las provisiones a la bodega del barco. El capitán y el doctor caminaban por el mercado mientras un coro de cientos de comerciantes invitaban al asombro.

El doctor no paraba de hablar sobre los avances científicos producidos en la Real Academia de Londres y las maravillas de la civilización. El capitán escuchaba pacientemente y el calor invitaba a soñar con las miradas ocultas tras los coloridos velos de seda.

El capitán y el doctor se abrían paso entre la multitud de feriantes y curiosos. Se cruzó frente a ellos un hombre cubierto apenas con un harapo sucio, un cuenco entre las manos, con la apariencia de un cadáver abandonado en el desierto, como un esqueleto cubierto con cuero curtido al sol. 

El hombre suplicaba con hambre en la mirada por una limosna. El doctor se apartó mientras el capitán depositaba cuidadosamente una moneda de oro en el cuenco. Llevó su mano buena a la pistola y espero. El mendigo agradeció y siguió su camino.

El incómodo silencio fue roto por el doctor: —¿No cree usted que haríamos un bien mayor derrocando al tirano? ¿No sería mejor y más recomendable llevar la libertad de la conciencia, la fraternidad de la democracia y la libertad que solo da la educación a los pueblos oprimidos del mundo? ¿No tendría, acaso, una mejor vida este pordiosero? ¿No sería esa la misericordia que nos pide tener nuestro Señor?— El capitán le dirigió una mirada de extrañeza. Cómo de quién no le da crédito a sus oídos. Prendió un cigarrillo y finalmente dijo: 
—Sabe mi buen doctor. He viajado mucho por el mundo y participé en muchas batallas por el bien del Reino y de la civilización. Lo que quiero decir…— le dió una pitada a su cigarrillo —es que tuve la suerte de conocer muchísimas culturas y todas tienen una variante de esta historia, a veces es Quetzalcóatl, otra es Buda y en otras tienen algún santo. Siempre es Dios disfrazado de un pobre mendigo. Recorre el mundo recibiendo desprecio. Hasta que un día encuentra a alguna persona: a veces es un niño, en otras un anciano e inclusive un conejo. Se revela como lo que verdaderamente es y colma de recompensas a quien tuvo piedad— tiró la colilla al suelo con desprecio —El mismo Dios que permite el hambre, el mismo Dios que permite al tirano oprimir a este pueblo, el mismo Dios que permite las guerras en dónde los hombre mueren entre el barro y la mierda —el doctor quedó mudo ante la cólera del capitán— se que en este momento anda recorriendo la tierra y en cuanto se revele…— El capitán señaló su pistola y luego se acomodó el brazo ortopédico.

Al siguiente día, la fragata fue devorada por un misterioso tifón en el océano índico.


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